28 de febrero de 2011

CIORAN EN SU CENTENARIO


Por Guillermo da Costa 

Aun cuando la vida no fuese una inexorable tragedia, ese «cuento» estruendoso y sinsentido al que aludía Shakespeare, el pensamiento de Cioran no perdería su talle; todavía tendríamos su diletantismo, la pasión y la manera de su escritura. Quizá por eso Cioran también concilia a optimistas. 
     Pero lo es.
     Cioran, a quien gustaban particularmente los «casos», fue él mismo paradigma de «caso»: filósofo renegador del logos y de cualquier subterfugio académico, reaccionario a contracorriente, amargado de fina y no disimulada burla, lector infatigable al que enoja lo libresco... Cioran es una «experiencia», una «circunstancia» (no orteguiana: no salvable), diletante de la música y del... ciclismo. Fingió trabajar en una tesis mientras recorría Francia en bicicleta. Confesaba que las dos pasiones de su vida habían sido la lectura y el ciclismo. 
     Nada depura tanto de los rigores del pensamiento como rodar en bicicleta: un esfuerzo que reduce a otro. Cioran, a quien la bravura de la lucidez le hacía sudar, encontró en la bici un parche ante la hiel. Tras leer sus libros experimentas lo que al coronar un puerto de montaña pedaleando: castigado pero fortalecido por la gesta... Luego de algunos de sus aforismos uno podría clamar, con Lutero: «Esto es una locura que sobrepasa toda medida»; o incluso suscribir el «¡Asesinos!» que emitió Octave Lapize en el legendario Col d’Aubisque, el 21 de julio de 1910. Pero sobre todo su obra impele a bramar, con Miguel Induráin, «Je suis allé très loin dans la douleur».
     Qué fácil y qué espurio es etiquetar a Cioran. Y no digamos nada citarle, cualquiera que sea la causa. ¿Era nihilista? pero no con exactitud. Un negador con ramalazos afirmativos («Mi fuerza es no haberle encontrado respuesta a nada» —decía—; pero la turbación del insomnio otorga certísimas intuiciones...). ¿Le dominaba la desesperación? Sin duda, a fuerza de ciclotimia, de psicosis maníaco-depresiva, con ascendencia confesa en la actividad orgánica. Y sin embargo, «aunque tengo de la vida una concepción sombría, siempre he sentido gran pasión por la existencia». ¿Y qué hay de la vacuidad? ¿Es Cioran el príncipe del pensamiento vacuo?
     Todo es tan irreal y vacío que, por patente, no merece la pena (y no hay necesidad de) tratar de persuadir a nadie de ello, nos dice. Su concepto de vacuidad no equivale, empero, al de Nāgārjuna, por cuya escuela Madhyamaka se confesó inclinado. Cioran suscribiría, con la escuela de la vía media, el escepticismo que atañe a la relatividad de las opiniones y a la ilusión general del conocimiento; convendría en la falta de contenido del mundo, en su vacío. Pero, después de todo, la vacuidad preconizada por Nāgārjuna se atiene a un propósito: el despertar, el nirvana, mientras que en Cioran no hay objeto a conseguir ni intención, solo la nulidad y el desierto. Y ni siquiera el designio hindú de superar el yo indica analogía con Cioran. Así que no lo imaginamos en el estado de inefable Buda liberado. 
     Y bien, Cioran nació hace cien años (8 de abril de 1911). A su padre, pope ortodoxo, no le debió disgustar poco su primer libro (escrito en rumano, durante el año 1933), En las cimas de la desesperación, texto iconoclasta e incendiario, compendio de las obsesiones que dominarían toda la vida y obra del autor. Otro de sus libros rumanos, De lágrimas y de santos, desprende la pasión de un místico en un mundo sin Dios; «lo absoluto en un alma escéptica».
     Leer a Cioran no es precisamente una lenidad. Lo extraordinario y (aparentemente) paradójico es que una escritura como la suya, vital y literariamente sulfúrea, coadyuda a la astringencia de las heridas. Que no es poco. Y según el caso es, realmente, mucho. Además, no podremos prescindir de su estilo, a menudo imitado pero siempre inigualable. Si, como él predicaba de Bach, «su obra es generadora de divinidad», la suya es la obra de un estilista del pensamiento; de una reflexión sobre lo esencial, sobre los asuntos que más intrínsecamente nos atañen (querámoslo o no, sepámoslo o no) a todos.
     Leamos sus libros, ya busquemos en ellos catarsis o inspiración, luciente poesía o penetración filosófica y psicológica. Era un sagacísimo maestro de la prosa. 
     Quizá sea útil prevenir, en fin, de que no se sale indemne ni desembarazado de su lucidez.

18 de febrero de 2011

AFORISMO PARA UN CENTENARIO

«Después de todo, yo tampoco he perdido el tiempo, yo también me he zangoloteado como todo hijo de vecino en este universo descabellado».

  E. M. CIORAN, Ese maldito yo. Barcelona: Tusquets. Trad.: Rafael Panizo