22 de noviembre de 2009

«Un libro que, después de haberlo demolido todo, no se destruye a sí mismo nos habrá exasperado en vano».

Silogismos de la amargura
E. M. Cioran
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11 de noviembre de 2009

"El universo malogrado". Entrevista a José Ignacio Nájera por Guillermo da Costa

Un día, un desconocido (para mí) José Ignacio Nájera me escribe un correo electrónico en el que me invita, previo remite de mi dirección postal, a recibir como regalo «el libro que todavía no has leído sobre Cioran». Instigado por la curiosidad, y luego de remitirle mis datos, recibo (¡en tiempo récord!) la obra. Se trataba de El universo malogrado. Carta a Cioran (Murcia: Tres Fronteras, 2008).


Transcribo el perfil de su autor, José I. Nájera, tal y como figura en la solapa del libro:
«Nació en Xauen (Marruecos) en 1951 y vive en Murcia desde 1979. Es doctor en filosofía y profesor de esa materia en el Instituto Alfonso X el Sabio de la citada ciudad. Ha publicado las novelas Olvídate de Alcíbiades, Hermanos mayores y El enfermo epistemológico. En el año 2005 ganó el premio de ensayo «Miguel Espinosa» con la obra Caminos de otoño. Ha colaborado en diversas revistas con artículos, reseñas y narraciones cortas».

El libro El universo malogrado es una extensa carta póstuma a Cioran, un texto que homenajea pero que también, en ocasiones, recrimina a Cioran. Osado, en este sentido, y no solo en la denuncia de lo más obvio (como en el capítulo que Nájera titula «El fascio», en relación a la tan cacareada y malinterpretada etapa «fascista» de Cioran, que sin embargo Nájera trata sin prejuicios y con tino); también en cuestiones más sutiles, como cuando, en el apartado titulado «Místicos», Nájera objeta a Cioran que ligue tan estrechamente a España el «mundo de la emoción pura»: «Pero, recuerde -escribe Nájera-, cualquier comentario sobre un pueblo inevitablemente recae en el tópico».


Ignacio Nájera confiesa que la lectura de Cioran ha significado mucho en su vida. Y se nota. Que yo sepa, excepto Savater, actualmente nadie sabe más y mejor en España sobre Cioran que Nájera.



... Así que, en cuanto leí su magnífico libro, le propuse una breve entrevista para que figurase en la web. Aceptó con agrado.
ENTREVISTA A JOSÉ IGNACIO NÁJERA por GUILLERMO DA COSTA
El primer asunto está respondido en tu libro (al menos en parte); pero para ponernos en antecedentes: ¿por qué Cioran?

Independientemente del azar que me llevó a la primera noticia sobre Cioran, podría aducir otras causas. Enseguida sospeché que su Breviario de podredumbre, que fue lo primero que se publicó de él en España, congeniaba con las ideas que por entonces yo tenía sobre la vida, la existencia, la realidad, la religión, etc. Ideas en general poco positivas y más bien nihilistas. En realidad, guardando las distancias, fue el encuentro entre dos almas decepcionadas. ¿Decepcionadas de qué? De un pasado cristiano con toda seguridad. A los dos se nos había muerto Dios y estábamos convalecientes de eso. Por otro lado, ese era el estado de la cuestión de estos dos últimos siglos, la destrucción de los fundamentos de los dos pasados milenios. En ese sentido, Cioran no era una novedad —era un epígono más—. Ambos, Cioran y yo, pertenecíamos a esa ya amplia cofradía. Él en París, yo en mi modesta provincia.

A esto se le sumaba el estilo de Cioran. Bello, preciso, potentemente agoníaco. Fragmentado e irónico. Daba gusto leerlo, daba gusto su bello fuego graneado contra todo y contra todos. Entonces me satisfizo mucho su agresividad constante contra todo lo digno y todo lo edificante. Era una especie de vicariato de la mayoría de mis cuentas pendientes. Y así fue como a los veintidós años me instalé en Cioran. Sólo muy de vez en cuando me tomo mis vacaciones.

Cuando reparo en la impresión que Cioran tenía de España («España es el único país que quiero. Tengo pasión por España. Amo el genio fracasado de España», confesaba a Alina Diaconú en 1985), sospecho que idealizó nuestro país o que se formó una idea quijotesca de España a la medida de sus obsesiones… Al leer tu libro he tenido la sensación de que compartes conmigo algo de esta sospecha. ¿En qué sentido crees que Cioran pecó de incurrir en tópicos sobre España?

Sí, Cioran se creó una España y luego salió a buscarla. Por cierto, vino poco por aquí, pero leyó bastante sobre ella y sobre nosotros.

La España que se creó fue por tanto libresca. Más detenida en los austrias que en los borbones. Más en Teresa de Jesús que en La Celestina o en Quevedo. La mística le interesó mucho, la Inquisición menos. Unamuno, Ortega y María Zambrano, y pocos más. Leyó mucho a pocos. Nunca, creo recordar, habló del franquismo (quizá le recordaba fascismos de su pasado). Lo que más aprovechó fue nuestro sentido de la decadencia, la nostalgia por nuestro pasado, nuestra noción de fracaso, nuestro guerrerismo pordiosero… Lo que de los demás le gustaba en sí mismo, y al revés. Todo esto está bien, así fuimos —y aún lo somos—, pero ya no se nos puede reducir a eso. Quizá haya que pensar que Cioran estuvo muy familiarizado con aquella disciplina bella —pero bastante prejuiciosa— que se llamaba «Psicología de los pueblos», y que estuvo de moda a principios del xx. Algo parecido hizo con Rusia y con el pueblo judío. Lo más valioso de esas semblanzas es —de nuevo— su belleza literaria. Tanta que a veces no importa su grado de falsedad o de deformación.

Le dedicas un capítulo a la relación de Cioran con Nietzsche. ¿Te parece legítimo y atinado lo que afirma Susan Sontag al escribir que «Nietzsche […] dejó asentada hace un siglo casi toda la posición de Cioran»?

Nietzsche, como todo el mundo sabe, es un paso necesario que hay que transitar. Todos tenemos nuestro Nietzsche. Y Cioran también. El Nietzsche de Cioran indudablemente es el crítico, y el autocrítico; en absoluto es el propositivo. El superhombre le parece una broma de mal gusto, si no un delirio de solitario con ínfulas de predicador. Lo que Cioran no le perdona a Nietzsche es que quisiera crear parroquia, por mucho que el alemán alardeara de lo contrario.

Por supuesto, Nietzsche es muy superior a Cioran. Este es uno más en muchas cosas, casi en todas. Nietzsche, en cambio, es muy singular, tanto que ya va para un siglo que vivimos de su sombra, contra su sombra, a pesar de su sombra, etc. Por eso tiene razón Susan Sontag: el nihilismo fatigado o pasivo de Cioran ya estuvo presente en Nietzsche. «El sol se desplomó», «el horizonte se borró», «el mar se vació», «ya no hay arriba ni abajo…». Nos hemos quedado solos, y estamos tristes, desamparados, melancólicos, postrados, fatigados, en una palabra. He aquí cierto Nietzsche (el pre-propositivo) y todo Cioran al completo. Esa es la gran diferencia. En el fondo, Nietzsche supo sacar unas consecuencias no destructivas de la muerte de Dios; Cioran no ha dejado de danzar elegíacamente alrededor del muerto. No ha hecho otra cosa, ni en su literatura, ni en su vida. Sí que cabría observar que este nihilismo se podría remontar sin temor a Schopenhauer, y quizá a otros anteriores, y a otros…. Es tan humano.

Parece ser que en su juventud Cioran fue un tanto maníaco-depresivo. La fase maníaca la empleaba en potenciar la lucidez que le aportaba su melancolía. Vitaminizaba mucho su tristeza y su desespero.

Otro capítulo lo dedicas a la mujer, pero a su compañera, Simone Boué, apenas si la citas en el libro. A tu juicio, ¿cuál fue su papel en la vida y la obra de Cioran?

Yo tuve noticias muy tardías de la tal Simone Boué. De hecho, ha aparecido muy poco en la escritura de Cioran (en sus Cuadernos algo). Por lo que sé, fue la persona que lo ha mantenido a lo largo de toda su vida. Ella era profesora de idiomas —inglés— en institutos y de eso vivían. Una vida bastante modesta y austera la de ambos desde 1942, nada menos. Cioran, en este sentido, fue un macarra, como dijo Savater hace poco. ¡Claro, qué otra cosa iba a ser! Aspiraba a vivir sin trabajar y vaya que lo consiguió. Lo mantuvo su Simone, y supongo que con gusto. Para más inri, Simone le pasaba la escritura a máquina. Nadie tiene por qué suponer una mala relación entre ambos, de hecho han vivido más de 50 años juntos. Al final, la pobre Simone murió ahogada en la playa varios años después de la muerte de Cioran. Un ahogamiento sospechoso, no cabe duda. Como que se le había borrado su horizonte.

La función de Simone en Cioran, en su vida cotidiana, me cuesta imaginarla puesto que no los he conocido personalmente, y sólo conozco detalles y anécdotas de terceros y de alguna entrevista de Simone posterior a la muerte de Cioran. Sin embargo, sí que me han llamado la atención los escasos escritos que Cioran ha dedicado a la vida en pareja, y supongo que, por extensión, a la suya. Venía a decir que no entendía muy bien por qué una mujer decide unirse —tal vez de por vida— a un hombre. En la base creo que hay que recordar la antropología del desastre que sostiene su pensamiento. Si el ser humano es una pesadilla que nos ha ofrecido la biología, ¿qué pinta aquí adherirse a otro humano, sea hombre o mujer?

En consecuencia, habría que hacer más bien lo de Mainländer —optar por la virginidad­—, o lo de Schopenhauer —la amante ocasional, cuando no la furcia—, o el onanismo contumaz, pero nada de apesadillar a la pesadilla.

En este asunto, como en tantos otros, Cioran practicaba lo que no teorizaba. Tal vez Pessoa diera en el clavo al señalar que el poeta es un fingidor.

Una última pregunta más personal. ¿Cuáles son tus otros autores de cabecera y por qué?

Uf, bastantes, y a veces los llamados de cabecera no son tan importantes como los ocasionales. Por hacer un recuento biográfico, iré del pasado al presente. En mi adolescencia fue crucial El extranjero de Camus. Todavía sueño con él, con Meursault. Luego, La caída, también de Camus. Y La peste. Y sus ensayos. Ni que decir tiene que también lo fue Sartre, con La náusea y sus obras de teatro. Por supuesto, Nietzsche, siempre Nietzsche. Beckett, novelas y teatro. Pessoa, todo él, incluidos cigarrillos y vino. Julio Ramón Ribeyro tiene un libro de título estremecedor (y cioraniano): La tentación del fracaso. El contenido lo es más. Otra obra —de título desafortunado— es Las ventanas cegadas, del rumano-judeo-español Alexandre Vona, que cada vez que la releo me parece una nueva novela. El noruego Adkilsen y el austríaco Thomas Bernhard, se parecen bastante en sus chichorrerías. El novelista español Juan Benet. ¡Y Heidegger!

No he ido aduciendo los porqués de cada uno de los citados porque todos respiran un aire de familia inconfundible —con los matices pertinentes, faltaría—. Narran, poetizan, dramatizan, analizan… nuestra finitud, nuestra indigencia y nuestra soledad. Sus personajes, poemas o situaciones me son, a mi vez, muy familiares. Me veo en ellos, son mis vicarios y me ayudan a verme más transparente. Y también me consuelan: hay otros, me digo al leerlos, como yo: esos personajes de ficción apuntan a sus creadores. Y algo de calor siento. Tal vez sea el calor de ese Infierno que son los otros. Pero están ahí. Hacia arriba parece ser que no hay nadie. O al menos no contesta.

Me gusta Claudio Rodríguez. Mucho. Pero no comprendo por qué.


4 de noviembre de 2009

Breviario de los vencidos

«¿Tengo que dar gracias a la razón porque todavía soy y me abro camino en los asuntos del mundo? Tal vez a ella también. Pero en última instancia. ¿A los hombres? ¿A las apariencias? Ni unos ni otras han estado presentes cuando ya no era. Siempre me ayudaron después.

»Pero cuando los desarraigos del mundo penetraban en el Barrio Latino y tú ibas con tu exilio a cuestas entre tantos Ahasverus, ¿de dónde sacabas las fuerzas para soportar las malditas servidumbres del corazón y el zumbido de la soledad en medio de la niebla soñadora de los bulevares? ¿Ha habido en el bulevar Saint-Michel algún extranjero más extranjero que tú y al que cualquier puta o algún pedigüeño le haya aspirado con más fruición su perfume barato?

»Justamente como los forasteros hispanos, africanos o asiáticos en la Roma decadente saboreaban el ocaso de la cultura entre la confusión de los sistemas y de las religiones y, carentes de ideales, se refocilaban con las dudas de la Urbe, así deambulas tú, desengañado, durante el crepúsculo de la Ciudad de la Luz [...].

»En las calles respiras el aire de vacío del ocaso y te inventas auroras como si no quisieras reconocer que tú también participas del ocaso de la Ciudad. Y entonces te elevas, por un acto de voluntad, por encima de ella. Y quieres salvarte. ¿Quién o qué podrá ayudarte en la Ciudad?

»Nada, no me ha ayudado nada. Y si no hubiese tenido a mi alcance el largo del Concierto para dos violines de Bach, ¿cuántas veces no habría terminado? A él le debo el ser todavía. En la dolorosa e inmensa gravedad que me balanceaba fuera del mundo, del cielo, de los sentidos, de los pensamientos, todos los consuelos bajaban hacia mí y, como por encanto, volvía a ser, ebrio de agradecimiento. ¿A qué? A todo y a nada. Porque en ese largo hay una ternura por la nada, allí el estremecimento alcanza su perfección dentro de la perfección de la nada.

»Ningún libro me sostenía en el barrio de la enseñanza, ninguna creencia me mantenía, ningún recuerdo me fortalecía. Y cuando las casas se perdían entre azuladas brumas, cuando, septentrional y desierto, el Luxemburgo en pleno invierno nadaba en la escarcha y la humedad enmohecía los huesos y los pensamientos, lejos del presente, me quedaba embobado en mitad de la ciudad. Entonces me abalanzaba angustiado hacia la fuente de los consuelos y desaparecía y resucitaba en brazos de sonoras ausencias».

E. M. Cioran


Fuentes:
- E. M. Cioran: Breviario de los vencidos. Barcelona, Tusquets, 1993. Traducido del rumano por Joaquín Garrigós.
- http://www.youtube.com/watch?v=ArM2RFj350U